Desayuno

A la mañana siguiente todo era silencio. Su respiración era un vago suspiro en la habitación. A veces cuando había tenido un sueño apacible me solía despertar tres minutos antes que el despertador y me quedaba mirando el tiempo pasar. Esta vez esa persona a mi lado acaparaba la atención. La noche anterior todo fue tan raro, tan inesperado. Le había encontrado en la calle, pero su piel era tan suave como la porcelana, y sus manos no parecían las de un simple vagabundo. Estaba de espaldas a mí y podía ver su hombro, su piel morena vibrando con el movimiento de su corazón ¿Y a quién se le ocurría más que a mí follar con un absoluto desconocido? ¿Y por qué se ha quedado en la cama?

Cada vez que viene mi jefe a casa para nuestros encuentros íntimos, me deja dormida y luego se va antes de despuntar el alba. Es una condición sine qua non, lo nuestro no es una vida en pareja, es sólo un rato de ocio entre dos personas maduras con inclinaciones sexuales parecidas.

El despertador estaba a punto de sonar y estaba en su lado de la cama. Maldición, por estas cosas odio dormir acompañada. Estiré el brazo sin mover el cuerpo, pasé por encima de él para no despertarle, pero él en un movimiento apagó el despertador.

— Pensé que estabas dormido.

— Tengo el sueño ligero, he notado que te despertabas.

—No me he movido, ¿cómo lo has sabido?

Se dio la vuelta, sus ojos relucían en contraste con la oscuridad reinante, y sonrió. Más que verla, pude notarla en su cara. Él no me respondió, sólo me dio un beso en la mejilla y se levantó de la cama.

Le imité y, como dictaba la rutina, encendí la cafetera y me metí en la ducha. Esta vez no puse la música por respeto, pero me dejé llevar por la costumbre y tarareé. Las cosas, aunque extrañas, no estaban yendo mal tampoco. Sólo diferentes.

Y tan diferente fue todo cuando unas manos frías abrieron con sigilo la mampara a la que estaba dándole la espalda, y me tocaron la cintura. Recorrieron mi espalda, y en un suspiro muerto besó mi hombro derecho.

— ¿Cómo has llegado hasta aquí, muchacho desconocido? ¿Qué hechizo has utilizado para embrujarme?

— Yo tendría que preguntarte eso.

Me di la vuelta, ambos estábamos rodeados de vapor y agua caliente. Nos miramos a los ojos.

— ¿Sabes qué vamos a hacer?

Bajó la cabeza hasta mi cuello, lo besó justo detrás de la oreja y susurró:

— Creo que puedo imaginarlo…

Una sonrisa afloró de mis labios, sincera y paciente, y me aparté un poquito de él para volver a mirarle a los ojos:

— No, mi querido príncipe. Para eso ahora no hay tiempo, que me voy a trabajar. ¡Esta tarde conocerás a mis amigas!

January 19th, 2010 by Merkyll | 1 Comment »

La mujer de la luna

—…existía una mujer. Bueno, en realidad habían muchas mujeres —añadió despacio—. Pero ésta era en verdad hermosa. Hermosa y extraña… —dijo cavilando de nuevo. Empecé a dudar seriamente de que se lo estuviera inventando sobre la marcha—. De ella se sabía más bien poco, existía, y era suficiente para muchos. Sin embargo, no para todos.

»Había un joven muchacho que, un día, enfadado con su familia, se marchó de casa montado en un esbelto corcel negro. Se le hizo de noche y encendió un fuego en el linde de un frondoso bosque, enfadado aún. Entonces apareció ella y, boquiabierto, la siguió con la mirada. Ella se sentó a la luz, un poco más allá, con la cara vuelta hacia la luna y los ojos cerrados. Llevaba puesto un vestido blanco y su melena rubia casi plateada caía como una cascada sobre sus hombro y su espalda, rizado. Su figura parecía brillar tanto o más que el satélite en el cielo, era tan bella…

»Y él demasiado joven. Sin poder apartar los ojos de ella se quedó ahí durante horas, observándola, hasta que la luna desapareció y ella se levantó sobre sus pequeños piececitos desnudos y se fue. Sin más.

»Si hubiera sido un muchacho normal, se lo habría tomado como una anécdota. En cambio, para él supuso mucho más. Volvió con su familia y cada noche salía a escondidas, con el propósito de verla de nuevo. La luna se desplazaba por el cielo, mermaba y aumentaba de tamaño, pero allí no apareció nadie. Y entonces, descorazonado, en un último esfuerzo por atraerla a él se puso a cantar.

— ¡Cantar!

Me hizo una señal de silencio y se arrimó a mí. Mientras estaba contando todo esto se mantenía como ausente. En el momento que le corté sus rasgos se relajaron y con una jovial mirada se acercó. Debiera o no, ahora sentía algo que me atraía hacia él, y sin darme cuenta entreabrí mis labios y mordí el inferior con la punta de los dientes.

Louis Amstrong seguía sonando con su melodioso Azalea cuando me besó, aunque si recapacitara, más que un beso fue una caricia.

— Sí, cantar. Entonces ella apareció, como llamada por su voz. Cuando él la vio sus ojos se abrieron y se calló. Ella le contó que tenía un pacto con la luna, y si tomaba sus rayos ellos le harían ser una bella joven para siempre. ‘Pero tú serás joven y bella siempre’, le dijo él, y se tocó el pecho con la mano, en su corazón.

Mi príncipe de Nadie también se tocó el pecho, y su nariz rozó la mía. Cuando siguió, lo hizo en un susurro:

— La tomó de la barbilla y, perdido en el iris de sus ojos, la besó. Una mano se posó en el tirante del vestido y lo dejó caer a un lado. Se tumbaron en la hierb…

Fui yo la que le puse el dedo en los labios, y me recosté sobre él en la cama.

— No sigas, no sigas ahora…

Sus brazos rodearon mi cintura y me atrajeron más contra él. Jamás he sentido algo así. Me sentía sensible, y en mi mente podía ver la imagen de esa mujer siendo desnudada por la avidez de un muchachito tembloroso. En mi imaginación esas dos personas de cuento se amaban, se unían entre gemidos a la luz de la luna.

De repente la ventana se abrió con una ráfaga de viento y las cortinas se descorrieron. La luna, la luz de la verdadera luna bañó nuestros cuerpos desnudos, y brillamos. El príncipe tenía tomadas mis mejillas y nuestros labios no se despegaban. Compartíamos aire. Su pelvis aceleró, y el joven en mi mente también, y la chica de la luna y yo hincábamos los dedos en la espalda, mientras, como si fuéramos licántropos, estuviéramos hipnotizados ante el efecto de los rayos de luna.

El paralelismo nos unió. Él se dejó caer sobre mí, jadeante. Yo le acariciaba el pelo revuelto. Él se acomodó a mi lado y me abrazó fuerte. Ninguno de los dos éramos capaces de articular una palabra. No las necesitábamos, de todas formas. Apoyada en su pecho, al fin, me dormí. Y él, en un último suspiro antes de dormirse, susurró:

— Tan bella como tú, madre. Sois dos mujeres de la luna…

August 10th, 2009 by Merkyll | 1 Comment »

Nuevas historias

— Estás ante el príncipe de Nadie.

Si me hubiera preguntado antes de abrir la puerta qué podía encontrar detrás, habría dado media vuelta y me hubiera ido a tomar un té a la cafetería de la esquina. Y creo que fue la sorpresa lo que me hizo reaccionar, como una bofetada.

— Bien… su majestad. Ahora que ya os habéis presentado, dejad de apuntarme amenazadoramente con ese cuchar… con su cetro.

— ¿Por qué me has traído a esta cárcel, con un cuervo? ¿Acaso eres alguna hechicera con intenciones de arrebatarme la sucesión?

Me quedé helada tras sus palabras. Si seguía con sus delirios podíamos acabar en una conversación donde no controlara nada. Ya estaba haciéndose cada vez más absurda… Pero aún así, mi mente tenía secuestrada la idea de que el hombre ahí delante estaba rematadamente loco.

— No sé de qué hablas, pero, ¿tienes hambre?

— ¿Hambre? —sus tripas rugieron, y él dándose cuenta que lo había escuchado, se sonrojó un poco. Suspiré, porque la evasiva había surgido efecto—. ¿Qué manjares puedes ofrecerme?

— Hagamos un trato, tú dejas de apuntarme con el… cetro y yo llamo a los chinos para que nos traigan algo de comida.

Dejó el «arma» en el sofá y volví a suspirar. Acordándome de repente salí a por el cuervo al descansillo, y a duras penas conseguí meterlo en su jaula otra vez. Estaba muy, muy cansada.

— Bien, ¿no quieres ponerte ropa más cómoda?

El muchacho parecía pensativo, y sus ojos chisporroteaban con la fuerza de sus cábalas. Descolgué el teléfono, intercambié un par de palabras y, al acabar, me senté a su lado.

— Cuando te recogí me diste la impresión de no ser una mala persona.

— Tú también pareces una buena persona.

— ¡Te recogí de la calle! ¡Te traje a mi casa! ¡No creo que haya tanta gente que haga eso!

— Donde vivo nadie está en la calle.

— Pues en el mundo real sí la hay. Y tú estabas ahí. ¿Quién eres? ¿O quién te crees que eres? ¿De dónde vienes?

— ¿Has dicho que tenías ropa de varón? ¿Tienes quizá algo para pasar la noche?

Así no íbamos a llegar a ningún sitio… Me levanté y le traje una camisa blanca y unos calzoncillos a modo de pantalones cortos.

— No tengo nada más.

¡Ding, dong!

Comimos en silencio. Las ropas que le había proporcionado le venían desmedidamente grandes, pero no tenía nada más pequeño. Y lo cierto es que estaba turbada por ese Príncipe de Nadie, pero también estaba demasiado cansada como para que los pensamientos llevaran un hilo coherente. Me cambié y le di las buenas noches. Él no me respondió.

Ya era tarde cuando se escuchó de fondo la misma canción amortiguada por las paredes, un Azalea con la misma voz tosca me despertó. En la puerta de la habitación estaba él, mirándome.

— A ti también te ha despertado— su voz era un susurro. Se sentó en la cama y nos miramos a los ojos—. Esta música me recuerda una historia.

Apoyé los codos en la almohada y me incorporé un poco. Él parecía otra persona, y sus ojos me inspiraron confianza.

— ¿Me la contarás hoy?

— A cambio de un huequecito en la cómoda cama.

Hice como que reflexionaba y me aparté. Sentí su peso sobre el colchón y le miré:

— Bien, en el país de Nadie también existe…

July 31st, 2009 by Merkyll | 1 Comment »

Una pausa

Lo siento mucho, pero ahora en estas fechas estoy muy liada con los exámenes y casi no tengo tiempo de escribir.

Pronto retomaré el ritmo =).

Por cierto, muchísimas gracias a todos por los comentarios y por vuestro apoyo. Para mí es muy especial que hayan personas que lean lo que escribo, y tanto o más que os guste.

Espero volver pronto.

June 8th, 2009 by Merkyll | 1 Comment »