Habitación roja

Todo debió ocurrir muy rápido en el sueño. Era él quien me llamaba desde una habitación de hotel. El aire estaba cargado y habían cambiado todas las bombillas para que resplandecieran rojas. Allí había algo que me llamaba, que insistía en que ese era mi lugar. Era una figura, como una sombra al fondo, alguien con un corazón latiente.

Desperté de repente y el techo seguía en el mismo lugar. Parecía que todas las historias empezaran metidas en mi cama y en esta habitación. Porque éste es tu sitio. Deambulé por la casa e hice caso omiso a todos los relojes de la casa que marcaban una hora no muy avanzada de la madrugada.

Me puse la chaqueta, un simpático gorro con orejeras y la bufanda y por instinto agarré las llaves del coche. Conduje lejos sin prestar atención al camino, y cuando me quise dar cuenta estaba desviándome en la salida 124, dirección al puerto. Aparqué en cualquier sitio, me descalcé y en la oscuridad me puse a merodear cerca del agua, tanto, que a veces un dedo sentía la suave caricia líquida y fría… pero era sólo eso, una sensación irreal.

Como todo.

Aburrida de vagar me quedé quieta, de espaldas a la civilización y de cara a lo profundo. El ruido de las olas al morir hacía que me dieran ganas de recogerlas una a una y devolverlas a sus inicios. Jamás me gustó la playa, pero esto era diferente. En este momento de estabilidad parecía lo único que no estuviera en pleno cambio.

Aún de noche regresé a casa con la cabeza más despejada. El humo de esa habitación roja seguía en mi mente, pero era como si hubieran abierto una pequeña ventana y se ventilara. De repente, algo chocó con violencia contra el parabrisas y chillé. Aullé. Di un frenazo de golpe y salí del coche a ver qué había ocurrido.

A pocos metros de distancia un cuervo intentaba salir de un estupor demasiado grande como para que lo asimilara. Me acerqué a recogerla y éste, esquivo, intentó ponerse en pie —aunque debería decirse en pata— y corrió unos metros hasta la cuneta, donde se topó con algo. Me acerqué de nuevo, un poco, a ver si podía ponerlo a salvo… y ahí estaba.

Había alguien vivo e inconsciente en el badén.

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1 Comment

  1. Joseka says:

    El ruido de las olas al morir hacía que me dieran ganas de recogerlas una a una y devolverlas a sus inicios.
    Tienes gran habilidad para transportar al lector, eso se lo he visto a poquita muy poquita gente.
    ¿Quién era esa persona del badén?… Quizás la misma que cada noche hacia su reclamo onírico hasta esa habitación de la sangre.
    Las bombillas rojas, el corazón palpitando, la llamada que se me antojaba mientras leía, desesperada.
    Quizás y solo quizás, esa persona solo pedía auxilio. Porque estaba moribunda en el badén.
    Pero si es así…¿Por qué eligió a la protagonista en concreto?.

    Magnifico Sara…

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