La mujer de la luna

—…existía una mujer. Bueno, en realidad habían muchas mujeres —añadió despacio—. Pero ésta era en verdad hermosa. Hermosa y extraña… —dijo cavilando de nuevo. Empecé a dudar seriamente de que se lo estuviera inventando sobre la marcha—. De ella se sabía más bien poco, existía, y era suficiente para muchos. Sin embargo, no para todos.

»Había un joven muchacho que, un día, enfadado con su familia, se marchó de casa montado en un esbelto corcel negro. Se le hizo de noche y encendió un fuego en el linde de un frondoso bosque, enfadado aún. Entonces apareció ella y, boquiabierto, la siguió con la mirada. Ella se sentó a la luz, un poco más allá, con la cara vuelta hacia la luna y los ojos cerrados. Llevaba puesto un vestido blanco y su melena rubia casi plateada caía como una cascada sobre sus hombro y su espalda, rizado. Su figura parecía brillar tanto o más que el satélite en el cielo, era tan bella…

»Y él demasiado joven. Sin poder apartar los ojos de ella se quedó ahí durante horas, observándola, hasta que la luna desapareció y ella se levantó sobre sus pequeños piececitos desnudos y se fue. Sin más.

»Si hubiera sido un muchacho normal, se lo habría tomado como una anécdota. En cambio, para él supuso mucho más. Volvió con su familia y cada noche salía a escondidas, con el propósito de verla de nuevo. La luna se desplazaba por el cielo, mermaba y aumentaba de tamaño, pero allí no apareció nadie. Y entonces, descorazonado, en un último esfuerzo por atraerla a él se puso a cantar.

— ¡Cantar!

Me hizo una señal de silencio y se arrimó a mí. Mientras estaba contando todo esto se mantenía como ausente. En el momento que le corté sus rasgos se relajaron y con una jovial mirada se acercó. Debiera o no, ahora sentía algo que me atraía hacia él, y sin darme cuenta entreabrí mis labios y mordí el inferior con la punta de los dientes.

Louis Amstrong seguía sonando con su melodioso Azalea cuando me besó, aunque si recapacitara, más que un beso fue una caricia.

— Sí, cantar. Entonces ella apareció, como llamada por su voz. Cuando él la vio sus ojos se abrieron y se calló. Ella le contó que tenía un pacto con la luna, y si tomaba sus rayos ellos le harían ser una bella joven para siempre. ‘Pero tú serás joven y bella siempre’, le dijo él, y se tocó el pecho con la mano, en su corazón.

Mi príncipe de Nadie también se tocó el pecho, y su nariz rozó la mía. Cuando siguió, lo hizo en un susurro:

— La tomó de la barbilla y, perdido en el iris de sus ojos, la besó. Una mano se posó en el tirante del vestido y lo dejó caer a un lado. Se tumbaron en la hierb…

Fui yo la que le puse el dedo en los labios, y me recosté sobre él en la cama.

— No sigas, no sigas ahora…

Sus brazos rodearon mi cintura y me atrajeron más contra él. Jamás he sentido algo así. Me sentía sensible, y en mi mente podía ver la imagen de esa mujer siendo desnudada por la avidez de un muchachito tembloroso. En mi imaginación esas dos personas de cuento se amaban, se unían entre gemidos a la luz de la luna.

De repente la ventana se abrió con una ráfaga de viento y las cortinas se descorrieron. La luna, la luz de la verdadera luna bañó nuestros cuerpos desnudos, y brillamos. El príncipe tenía tomadas mis mejillas y nuestros labios no se despegaban. Compartíamos aire. Su pelvis aceleró, y el joven en mi mente también, y la chica de la luna y yo hincábamos los dedos en la espalda, mientras, como si fuéramos licántropos, estuviéramos hipnotizados ante el efecto de los rayos de luna.

El paralelismo nos unió. Él se dejó caer sobre mí, jadeante. Yo le acariciaba el pelo revuelto. Él se acomodó a mi lado y me abrazó fuerte. Ninguno de los dos éramos capaces de articular una palabra. No las necesitábamos, de todas formas. Apoyada en su pecho, al fin, me dormí. Y él, en un último suspiro antes de dormirse, susurró:

— Tan bella como tú, madre. Sois dos mujeres de la luna…

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1 Comment

  1. Hmm… Se pone más interesante por momentos…

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