Mosca

Sabía que estaba ahí. Había sentido su aleteo por toda la habitación, como un insistente sonido ciego que pugnaba por hacerse oír.

Y lo oí. El casi imperceptible rumor me sacó de un sueño que en ese momento no recordé, por lo que tampoco me irritó demasiado la interferencia. Aunque dicen que los sueños más bonitos son de los que nunca te acuerdas. Oh, entonces seguro que estaba recogiendo algún Nobel, o el premio Cervantes. O quizá sólo fuera un sueño profundo, sin más.

Una música proveniente de otra parte empezó a sonar. La mosca levantó su vuelo de mi mejilla y, presumiblemente, se perdió en la oscuridad del cuarto. Era un piano suave, una voz cascada que rasgaba el aire de otra habitación y llegaba hasta aquí, hasta ahora.

Reposé los codos en el colchón y me levanté un poco. Todo estaba negro como la boca del lobo, excepto los números parpadeantes del despertador, en la mesita. Siempre le había tenido especial odio a los relojes digitales, porque cuando era muy pequeña veía los números pasar y jugaba a colocar con la mente un punto en la barra horizontal más alta de los dígitos y ver en qué número llegaba abajo del todo, afectado por la imaginaria gravedad. Pero siempre moría en el 7, cuando se quedaba sin líneas donde yacer. Desde entonces abanderé el 7 como número de la libertad, y lo hice mi favorito.

Era una niña. Son cosas de niños.

Las líneas rojas marcaban las 3.37 de la madrugada. En dos horas sonaría el despertador, pero ahora lo único que oía era la voz de un muso de la música que llamaba a voces a Azalea. ¿Quién hablaría de la primavera a una mujer con nombre de flores?

Encendí la lamparilla de noche. Junto a ésta había una fotografía enmarcada de dos hombres. Me levanté y los calcetines no hicieron ruido en el oscuro parqué. Junto a la ventana, donde parecía escucharse más alto. La abrí de par en par y apoyada en el alfeizar miré hacia abajo, todos los edificios, todas las luces, las motitas de polvo que parecían las personas allá.

El neón rojo y azul intermitente sobre el cemento… Dejé las contras abiertas y alcancé un papel y un boli de un cajón. Rasgué con la tinta negra una sola palabra sobre la cuadrícula.

Así que Azalea, ¿eh?

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3 Comments

  1. Sak says:

    Me gusto y me hizo recordar las mañanas de invierno cuando cuesta horrores salir de la cama que esta calentita y con ver el despertador ya especulas cuando puedes pasarte del horario pactado.
    A ver como sigue!
    Saludos!

  2. Joseka says:

    A mí me ha parecido maravilloso…
    Como todo o casi todo lo que escribes, me encanto el nombre de la chica y sobre todo a lo que jugaba de pequeña con los relojes digitales.
    He de reconocer que cuando abrió la ventana, me esperaba un escenario de ambiente bohemio, como Granada y esas casas en los altos miradores, donde mientras disfrutas de una salida o puesta de sol, alguien siempre toca un saxo o canta desde los balcones.

    Precioso Sara… Muchas gracias por enseñármelo y dejarme disfrutarlo.

  3. Troyana says:

    Tu manera de escribir tiene algo. Una candenccia, un ritmo tranquilo. Parece que te está sonriendo perezosamente y que todo el tiempo del mundo está en tu mano.

    PD: “Así que Azalea, ¿eh?”

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