Nuevas historias

— Estás ante el príncipe de Nadie.

Si me hubiera preguntado antes de abrir la puerta qué podía encontrar detrás, habría dado media vuelta y me hubiera ido a tomar un té a la cafetería de la esquina. Y creo que fue la sorpresa lo que me hizo reaccionar, como una bofetada.

— Bien… su majestad. Ahora que ya os habéis presentado, dejad de apuntarme amenazadoramente con ese cuchar… con su cetro.

— ¿Por qué me has traído a esta cárcel, con un cuervo? ¿Acaso eres alguna hechicera con intenciones de arrebatarme la sucesión?

Me quedé helada tras sus palabras. Si seguía con sus delirios podíamos acabar en una conversación donde no controlara nada. Ya estaba haciéndose cada vez más absurda… Pero aún así, mi mente tenía secuestrada la idea de que el hombre ahí delante estaba rematadamente loco.

— No sé de qué hablas, pero, ¿tienes hambre?

— ¿Hambre? —sus tripas rugieron, y él dándose cuenta que lo había escuchado, se sonrojó un poco. Suspiré, porque la evasiva había surgido efecto—. ¿Qué manjares puedes ofrecerme?

— Hagamos un trato, tú dejas de apuntarme con el… cetro y yo llamo a los chinos para que nos traigan algo de comida.

Dejó el «arma» en el sofá y volví a suspirar. Acordándome de repente salí a por el cuervo al descansillo, y a duras penas conseguí meterlo en su jaula otra vez. Estaba muy, muy cansada.

— Bien, ¿no quieres ponerte ropa más cómoda?

El muchacho parecía pensativo, y sus ojos chisporroteaban con la fuerza de sus cábalas. Descolgué el teléfono, intercambié un par de palabras y, al acabar, me senté a su lado.

— Cuando te recogí me diste la impresión de no ser una mala persona.

— Tú también pareces una buena persona.

— ¡Te recogí de la calle! ¡Te traje a mi casa! ¡No creo que haya tanta gente que haga eso!

— Donde vivo nadie está en la calle.

— Pues en el mundo real sí la hay. Y tú estabas ahí. ¿Quién eres? ¿O quién te crees que eres? ¿De dónde vienes?

— ¿Has dicho que tenías ropa de varón? ¿Tienes quizá algo para pasar la noche?

Así no íbamos a llegar a ningún sitio… Me levanté y le traje una camisa blanca y unos calzoncillos a modo de pantalones cortos.

— No tengo nada más.

¡Ding, dong!

Comimos en silencio. Las ropas que le había proporcionado le venían desmedidamente grandes, pero no tenía nada más pequeño. Y lo cierto es que estaba turbada por ese Príncipe de Nadie, pero también estaba demasiado cansada como para que los pensamientos llevaran un hilo coherente. Me cambié y le di las buenas noches. Él no me respondió.

Ya era tarde cuando se escuchó de fondo la misma canción amortiguada por las paredes, un Azalea con la misma voz tosca me despertó. En la puerta de la habitación estaba él, mirándome.

— A ti también te ha despertado— su voz era un susurro. Se sentó en la cama y nos miramos a los ojos—. Esta música me recuerda una historia.

Apoyé los codos en la almohada y me incorporé un poco. Él parecía otra persona, y sus ojos me inspiraron confianza.

— ¿Me la contarás hoy?

— A cambio de un huequecito en la cómoda cama.

Hice como que reflexionaba y me aparté. Sentí su peso sobre el colchón y le miré:

— Bien, en el país de Nadie también existe…

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1 Comment

  1. Daniel says:

    Escribes muy bien, me tiene enganchado la historia, espero que de vez en cuando puedas continuar con ella =)

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