Encuentro
Él sólo esperaba fuera. No había nada que pudiera pasar, y menos que un estúpido pajarraco saliera despedido como un ratón tras haber visto un trozo de oloroso queso. Estaba tumbado en uno de los escalones, la punta de su cola balanceándose en el tiempo, cortando el aire con parsimonia.
Se estiró, bostezó y con tranquilidad salió de su rincón. El cuervo tenía suerte, porque él no tenía especiales ganas de jugar, ni hambre. Sólo mucha curiosidad. Aún así, esto el pájaro no lo sabía, y la naturaleza jugaba a su favor: los gatos son los cazadores y los plumíferos los cazados.
— ¡Eh, tú! No corras tanto, miao.
— Maldita gente. ¡Están locos!
El cuervo estaba fatigado, pero pudo mirar al felino y erguirse. Estaría herido, pero él no era un pájaro inofensivo. El gato le miraba y un brillo verde relampagueaba desde el fondo de sus ojos. Su pelaje era azul y brillante, y no parecía estar muerto de hambre como todos esos gatos callejeros que acechan los nidos, pero nunca hay que olvidar el caprichoso carácter gatuno.
— ¿Qué haces tú aquí? Los de tu especie no se acercan mucho por aquí, miao.
— No era mi intención. Enséñame cómo salir de aquí y te prometo una buena recompensa.
— Aunque supiera cómo hacerlo, no creo que tu recompensa fuera… suficiente. Te recomiendo que entres ahí y que dejes que te cuiden. Si hubieran querido, miao, tú ya estarías en la cazuela —él entrecerró los ojos y se acercó andando hasta el cuervo. Se paseó y le rodeó, acariciándole con la cola—. Ya que vamos a ser vecinos, me presentaré, miao. Mi nombre es Hipo.
— Nadie va a ser vecino de nadie.
— No seas tonto, no puedes salir de aquí. Relájate y disfruta la comida que te darán. Al final no está tan mala, miao… Si te curas y te apetece irte después, espera a que se dejen la ventana abierta.
— ¡Tú qué sabrás, gato doméstico! Los gatos callejeros sí dan miedo, no tú —abrió el único ala que le respondía e intentó asustar al gato. Si hubiera podido, la reacción del gato le habría puesto rojo de vergüenza, porque él sólo se sentó delante y bostezó, y se volvió a desperezar.
Entonces apareció ella con una jaula. Parecía un poco más sorprendida y cansada de lo normal. El cuervo se resistió, pero los humanos con sus triquiñuelas son poderosos, y acabó por atraparlo.
— No me has dicho tu nombre, nuevo vecino, miao.
— ¡…no soy tu nueva vecina!
La puerta se cerró tras ellos, y el gato volvió a su escalón, a esperar que su amo llegara y abriera la puerta. Tampoco tardaría mucho en tener hambre.
May 30th, 2009 by Merkyll | No Comments »