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6.51

Un brillo cayó sobre la habitación, plomizo. Abrí un ojo y diez segundos más tarde todo se llenó de un ruido ensordecedor. Hora de la ducha.

De un salto me levanté de la cama a la rutina. Las paredes grisáceas me dieron la bienvenida al mundo, la cama de matrimonio sin hacer, siempre demasiado grande para una sola persona, una mesilla de noche donde destaca una foto y un bloc de notas, una cómoda llena de velas, un quemador de incienso, el móvil y otro montón de cosas inútiles, un puf naranja —el contraste de la habitación— con tres peluches apilados— y un silla plagada de ropa. Así lucía cada mañana mi espacio.

Salí de allí y encendí el agua de la ducha. Ha de estar bien caliente y humeante, recién salida de los fuegos del infierno. Fui hasta la cocina mientras me desnudaba por el camino y encendí la cafetera. De paso puse en marcha el hilo musical de la casa, bien alto.

Recuerdo que cuando era pequeña mis padres me tomaban por una niña arrítmica, y me apuntaron a clases de ballet a ver si mejoraba. No tardé mucho en dejar de ir, y la profesora les aconsejó que me desapuntaran, porque con mi falta de coordinación podía coger un trauma o algo así. Cosas de niños, argumentó. Y ellos le hicieron caso. Nadie me consultó, y la verdad es que me gustaba. Sólo era despistada y me olvidaba.

Unos cuantos años más tarde, las prácticas de baile en la ducha hicieron que tampoco se me diera tan estrepitosamente mal. Era divertido, ya está. Sin complejos, eres joven y sexy y eso les gusta a los tíos.

El baño lleno de vaho me parecía acogedor. En general, el señor de IKEA se sentiría orgulloso al ver mi casa. Sin escurrirme el pelo me envolví en una toalla y salí a verter el café humeante en una gran taza blanca, una cualquiera. La cocina también tenía un aire moderno: estaba toda chapada en tonos azul grisáceos; en el centro había una mesa alta con unos cuantos taburetes. Me senté en uno y apoyé la barbilla en la mano, pensativa. La situación me pareció muy americana, tanto que si hubieran aparecido un montón de cámaras y hubieran grabado el momento para un serial ni me habría impresionado. Y eso me encanta, la verdad.

La vida da muchas vueltas. Si hace un par de años me hubieran dicho que iba a ser como lo era ahora, probablemente no me lo hubiera creído. Joven, con un puesto de trabajo estable con poquitas responsabilidades, con una licenciatura en historia del arte y media en filosofía. En cuanto a vida amorosa, gozaba del sexo sin compromiso, cenas en sitios caros y acogedores y conversación interesante a cambio de hacerle cuatro fotocopias a mi jefe. Y encima por eso me pagaban.

Cuando me cansaba, era fácil llamar a mis amigas porque ellas siempre estaban dispuestas a pasar el rato. Marta, una bohemia adorable, antigua compañera de arte. Ella y su novio siempre me llevan a salas de exposición y museos interesantes, y alguna vez que otra me han invitado a sus fiestas ilícitas, pero yo no soy tan libre para el sexo libre, valga la redundancia. Tengo la tonta manía de saber con quién me acuesto, mire usté’. En cambio, Ida era una lozana estudiante de filosofía, una de las que marcan la diferencia. Es de las personas que dicen que es más cómodo copiar que crear, y que esto último sólo podrás hacerlo cuando tengas una inmensa base de datos acumulada en tu cerebro. Es decir, nunca o casi nunca. Cosas de filósofos.

Al final de la taza y las reflexiones siempre quedaba un poquito de café. La rutina lo dictaba. A partir de ahí hasta salir de casa eran un montón de acciones automáticas: recoger la ropa, abrir la ventana —lloviera o hiciera sol, la ventana se quedaba abierta—, arreglarme, recoger las llaves, salir.

Y la casa se despedía de mí con el suave sonido de la puerta al cerrarse.

May 15th, 2009 by Merkyll | 5 Comments »

Mosca

Sabía que estaba ahí. Había sentido su aleteo por toda la habitación, como un insistente sonido ciego que pugnaba por hacerse oír.

Y lo oí. El casi imperceptible rumor me sacó de un sueño que en ese momento no recordé, por lo que tampoco me irritó demasiado la interferencia. Aunque dicen que los sueños más bonitos son de los que nunca te acuerdas. Oh, entonces seguro que estaba recogiendo algún Nobel, o el premio Cervantes. O quizá sólo fuera un sueño profundo, sin más.

Una música proveniente de otra parte empezó a sonar. La mosca levantó su vuelo de mi mejilla y, presumiblemente, se perdió en la oscuridad del cuarto. Era un piano suave, una voz cascada que rasgaba el aire de otra habitación y llegaba hasta aquí, hasta ahora.

Reposé los codos en el colchón y me levanté un poco. Todo estaba negro como la boca del lobo, excepto los números parpadeantes del despertador, en la mesita. Siempre le había tenido especial odio a los relojes digitales, porque cuando era muy pequeña veía los números pasar y jugaba a colocar con la mente un punto en la barra horizontal más alta de los dígitos y ver en qué número llegaba abajo del todo, afectado por la imaginaria gravedad. Pero siempre moría en el 7, cuando se quedaba sin líneas donde yacer. Desde entonces abanderé el 7 como número de la libertad, y lo hice mi favorito.

Era una niña. Son cosas de niños.

Las líneas rojas marcaban las 3.37 de la madrugada. En dos horas sonaría el despertador, pero ahora lo único que oía era la voz de un muso de la música que llamaba a voces a Azalea. ¿Quién hablaría de la primavera a una mujer con nombre de flores?

Encendí la lamparilla de noche. Junto a ésta había una fotografía enmarcada de dos hombres. Me levanté y los calcetines no hicieron ruido en el oscuro parqué. Junto a la ventana, donde parecía escucharse más alto. La abrí de par en par y apoyada en el alfeizar miré hacia abajo, todos los edificios, todas las luces, las motitas de polvo que parecían las personas allá.

El neón rojo y azul intermitente sobre el cemento… Dejé las contras abiertas y alcancé un papel y un boli de un cajón. Rasgué con la tinta negra una sola palabra sobre la cuadrícula.

Así que Azalea, ¿eh?

May 13th, 2009 by Merkyll | 10 Comments »

Domar el aire

Todo esto ha nacido, como todas las pequeñas cosas, de un sueño. Aún cuando la vida no nos depare ignorancia, lucharemos contra ella. En pos de la nada, como siempre.

Esto es un deseo de perseverar, de llegar a ser constante. Es decir, es algo principalmente para mí. Y para todos aquellos a los que les apetezca leer, por supuesto.

He sembrado una semilla, veremos qué crece de aquí.

May 13th, 2009 by Merkyll | 1 Comment »