Príncipe de Nadie
Fue sin querer, lo juro. Las personas solemos no ser conscientes de nuestros actos hasta haberlos concluido. O por lo menos en parte.
Arrastrar un peso muerto unos metros no debía ser un problema grande, a menos que tuvieras una mano ocupada en sujetar un negro pájaro herido sin que acabarais ambos más heridos que al principio. Por desgracia tuve que encerrarle en el maletero, donde no paraba de agitarse, y acostar al sujeto extraño en el asiento trasero.
No fue hasta haber llegado a casa. El cuervo estaba dentro de una jaula que antaño perteneció al loro de mi ex, y volví a subir por el ascensor cargada al hombro con el desconocido. Entonces me paré a mirarle más detenidamente. Llevaba unos pantalones vaqueros muy desgastados y manchados, una camiseta desteñida y una chaqueta de cuero que parecía haber sido heredada de su tatarabuelo, como poco. Además, parecía un chico joven, quizá de mi edad… y era de constitución flacucha, sensación que se acrecentaba por el hecho que parecía que no hubiera comido en un milenio.
Cuando abrí la puerta, el reloj marcaba cerca de las seis de la madrugada. Le acosté en el sofá, le desvestí y puse algunas ropas de hombre que se habían quedado de otros hombres atrás, quizá escondidas en algún rincón u olvidadas a propósito por algún despechado amante, y con un trapo húmedo le limpié la cara y las manos. El pobre estaba sucio y no olía especialmente bien, pero bueno, del lugar donde venía no podía pedirle que oliera a lilas y jazmín.
El despertador sonó, más estridente que los demás días. Ahora sentía todo el cansancio de la noche en vela en mis párpados, pero tocaba rutina. Como todos los días. Ese día me vestí con una falda negra, ajustada, y una camisa con un escote turgente, los labios pintados de carmesí y el pelo recogido.
Al llegar a la puerta de la oficina la recepcionista me saludó con la misma cordial frialdad de cada día. Que el jefe y yo éramos amantes era un secreto a voces, pero jamás nadie hablaba de ello. Sabía que el resto no lo aprobaban, algunos incluso llegaban a sentirse por encima de mí por este hecho. Como si ellos fueran más valiosos por haber entrado por un currículum y no por… por… un polvo. Yo me conformaba con saber quién era.
El día pasó sin pena ni gloria, incluso llegué a olvidarme de lo que había dejado en casa. Tras el segundo café de la mañana ni siquiera me sentía cansada y era capaz de encadenar una broma a otra anterior sin perder la gracia. Volvía a ser la alegre secretaria que dormía plácidamente por las noches.
Antes de entrar en casa ya se escuchaba escándalo dentro, y más que preocupada me intrigó. Abrí la puerta con cuidado, pero ni todo el sigilo fue suficiente. El cuervo, con una de sus alas arrastrando, chocó contra mis piernas y fue medio revoloteando por todo el vestíbulo.
— ¿Pero qué ocurre aquí?
Me adentré un poco más en la casa, con cuidado. En el salón estaba el muchacho, de pie, mirándome con sus ojos grises. Se había vuelto a poner su ropa y en la mano, casi de un modo desafiante, llevaba un cucharón. Estiró mucho el brazo, y apuntándome con el instrumento, dijo:
— Estás ante el príncipe de Nadie.
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Al llegar a la puerta de la oficina la recepcionista me saludó con la misma cordial frialdad de cada día. Que el jefe y yo éramos amantes era un secreto a voces, pero jamás nadie hablaba de ello. Sabía que el resto no lo aprobaban, algunos incluso llegaban a sentirse por encima de mí por este hecho. Como si ellos fueran más valiosos por haber entrado por un currículum y no por… por… un polvo. Yo me conformaba con saber quién era.
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Me gusta esta parte, porque nuestra protagonista se muestra en toda su cotidianidad ante el realmente frio y desgarrador sentido de la vida, o al menos ese falso sentido que nos apresa o apresara a la mayoría tarde o temprano. La rutina…
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Antes de entrar en casa ya se escuchaba escándalo dentro, y más que preocupada me intrigó. Abrí la puerta con cuidado, pero ni todo el sigilo fue suficiente. El cuervo, con una de sus alas arrastrando, chocó contra mis piernas y fue medio revoloteando por todo el vestíbulo.
— ¿Pero qué ocurre aquí?
Me adentré un poco más en la casa, con cuidado. En el salón estaba el muchacho, de pie, mirándome con sus ojos grises. Se había vuelto a poner su ropa y en la mano, casi de un modo desafiante, llevaba un cucharón. Estiró mucho el brazo, y apuntándome con el instrumento, dijo:
— Estás ante el príncipe de Nadie.
Y de nuevo esta parte, nos devuelve al misterio de ese extraño personaje, y el cuervo, que creo juega un papel determinante en el misterio. Aunque todavía no me atrevo a aventurarme sobre que rol juega exactamente en todo esto. ¿Por qué lo abra soltado?…
¿Acaso por ser príncipe de nadie?, quizás el chico tenga una filosofía extraña o no tan extraña, y piense que nadie ni nada pertenezca a nadie.
No tengo ni la menor idea, de lo que puede pasar desde este capítulo en adelante. Y eso me gusta, no es previsible para nada en ese sentido.
He de reconocer que me tienes enganchado a estas historias.
Pero te pido como favor personal, que no te apresures a darle forma, lo estás haciendo muy bien y quiero que pienses muy bien lo que ocurrirá en el futuro.
Dosis a dosis, la droga no es letal.
Gracias de nuevo Sara…
Me encanta, y aunque te parezca mentira, es uno de los elogios más grande que puedo hacerte. Me gusta cómo escribes, cómo lo estás desarrollando. Empiezo a entrever una idea magnífica, pero todavía no sé qué ni cómo y la curiosidad me está matando.
Intentaré seguirte de cerca.